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oía el mar de la m-30

Oigo el mar y es la m-30 en una noche de viento. Es el tráfico a lo lejos, desde la avenida.

Oigo el mar y el fantasma de Joseph Conrad me recuerda el poder, el carácter del enemigo, ” los surcos del viento  sobre los rostros de las olas”.

Resulta difícil concretar esta angustia, este desánimo. No hay  una respuesta racional porque el mar que navegas es primitivo, puro instinto, un juego para hombres.

Cabalgas sobre la sombra de una tempestad futura, inminente. Sabes que está ahí, escondida, en la espuma blanca, agazapada en un ligero cambio de brisa, Vigilándote y leyendo tu carta marina.

Oigo el susurro, el permanente silencio de las mareas. Y despiertas. Son los coches nocturnos y su contaminación acústica y descarada. Es la M-30, la frontera de unos sueños rotos, el espejismo acuático, la ausencia de un mar deseado.

el mar es inmenso

El mar es inmenso. Etípeto propio de Dios y sus atributos.

Escuchando el mar, el silencio…

En algún momento necesitaba pararme. Pensar. Mi calle es larga y, en ciertos tramos, estrecha. Sobre todo de noche.

Tras salir del metro, uno encuentra policía controlando inmigrantes, inmigrantes corriendo hacia el transporte público, gente haciendo cola en la farmacia de 24 horas, mi china favorita viendo un culebrón en un PC, un grupo de marroquíes bebiendo cerveza en la calle, los brasileños disfrutando de una superbock, vallecanas fumando mientras andan, un indigente durmiendo en el cajero interior de Caja Madrid, un par de harleys y el camión de la basura. Después el silencio.

Cuando escuchas atentamente, ya en casa, sientes el sonido del mar en el fondo. Es raro. Esto es la avenida de Monte Igueldo de Madrid, no es Donosti, Pero, en un día difícil -como casi todos-, te consuela.

Podría escribir un verso triste esta noche aunque eso ya lo dijo, más o menos, Pablo Neruda. Me basta con respirar el silencio de mi calle. Es suficiente. Y mañana, sol. Y bullicio.