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otro cuento de Navidad

el furtivo vendedor de libros en la calle

Ese hombre sentado en la esquina derecha de la fotografía está vendiendo libros en la calle. Sobre una caja de cartón, presenta su material literario a precios que oscilan entre uno y tres euros.

Día tras día, en el mercado clandestino de la avenida de Monte Igueldo, este “librero” traslada la cultura a la misma calle y la pone al alcance de todos. Para algún experto pedante, se trata de un agente cultural furtivo.

Regala cultura, regala cultura callejera  Pocos vecinos se acercan. Al fin y al cabo, son libros. No se trata de camisetas piratas de fútbol o de cargadores de móviles; no, es papel con palabras.

El negocio no parece muy boyante pero ya lleva más de dos años merodeando por la zona y exponiendo su género. Y sé de algún vecino que le ha comprado libros.

Son malos tiempos para el mundo editorial y sus autores (así se quejaba el escritor Javier Marías en su columna habitual, este fin de semana, en un dominical madrileño) y, como es lógico, también para sus vendedores.

Nuestro vecino de la foto vive cada día luchando contra el frío, escapando de la policía municipal o evitando malas compañías.

Este un humilde vendedor de libros de segunda mano se merece una historia navideña. Es un reflejo veraz de un tiempo revuelto, duro y difícil. Es un metáfora de la cultura a pie de calle y de lucha por la supervivencia.

Por todo ello y mucho más ¡Feliz Navidad!

“Forgoneta”: chiste o anuncio

¿es un chiste? ¿es un anuncio real? ¿es posible tanta desfachatez?Lean con atención el anuncio que aparece en la fotografía superior. Sí, han leído bien: “Se vende forgoneta grande”. Pero eso no es lo peor.

En el lado izquierdo, nos enteramos de que el vehículo es “Dizel”; suponemos que quiere decir Diesel. Lo del modelo Iveco Turbo Dayly se corresponde con un vehículo real pero lo que no tiene perdón de Dios es de lo de “Cabayo”.

El anuncio está expuesto en el exterior de una panadería de la avenida de Monte Igueldo, pero también lo hemos visto en otras partes del Puente de Vallecas.

No sabemos si se trata de un chiste o de la típica broma de cámara oculta. Por si acaso hemos borrado los números de teléfono de contacto.

Esperamos que, al menos, venda pronto la furgoneta; si quiere vivir de la literatura lo va a tener más difícil.

ejército enemigo

Eran unas zapatillas blancas, bastantes nuevas, con un logo ilocalizable. Ni Nike ni Adidas ni Converse. No conozco muchas más firmas de calzado deportivo. Reebok. No era ninguna de ésas.

Colgaban de uno de los cables que cruza mi calle, gracias a los cordones, atados a los del par contrario. Imaginé la trayectoria de las zapatillas, emparejadas, ascendiendo desde la altura de las manos de un hombre hasta algo más arriba del cable, bajando luego con acierto (el tipo lo habría intentado más de una vez) sobre el tendido, doblándolo un momento, provocando el bamboleo del cable, hasta la inmovilidad final, como de perchero eléctrico.

Me irrité.

Me irrité y me cambie la bolsa del chino de mano. Pensé en tirar los cuadernos contra las zapatillas, allí en lo alto de mi cielo pisoteado, uno a uno, hasta derrocar el colgajo gamberro. Tenía cinco oportunidades. Tenía un solo motivo: las zapatillas en el cable me daban asco.

Desde hacía años, el centro de la ciudad se había llegado de esta suerte de propuesta artística. En numerosas calles, numerosos cables mostraban ese inopinado fruto zapatero. Algunas veces, se acumulaban los pares de zapatos y zapatillas, y el cable así ornado parecía un escaparate deconstruido, un expositor en el cielo, versión mutante del contenido que tras un cristal ofrecía la tienda de debajo, la tienda de un poco más allá, la tienda de la vuelta de la esquina. Eran zonas comerciales, modernas, juveniles, y todo en ellas confluía en la suave mezcla de un consumo festivo.

Nunca me indignó ningún cable con calzado en el centro de la ciudad, en los parterres del ocio. Había bares, chicas, turistas, cajas registradoras, borracheras perdonables. Había cantantes, escritores, actores, diseñadores, modelos y mucha gente que parecía modelo, escritor, diseñador, escritor, modelo. Todos eran personas con vidas en las que unas zapatillas colgadas de un cable resultan apropiadas. Todos eran sospechosos de haber suspendido aquel par cuando no miraban. Hasta hoy mismo me imaginé alguna vez descalzándome y donando al aire mis zapatos anodinos, vueltos de pronto pieza de museo, de revista urbana, de documental de tendencias.

Pero en mi barrio nunca había visto esa extraña conjunción de cobre y cuero y, parado allí, en mitad de mi calle, aquella colgadura sorprendente, con su casi inapreciable oscilación pendular, me resultaba sórdida y sucia, insultante.

Parecía una persona ahorcada.

– Hijos de puta- balbucí.

Alberto Olmos “Ejército enemigo”. Ed. Mondadori. Barcelona 2011

Incluimos un extracto de la última novela del escritor Alberto Olmos. Describe la estúpida y popular manía de colgar zapatillas de los cables de luz que cruzan calles. En este caso, las fotografías están tomadas en la avenida del Monte Igueldo, a la altura del número 84.

formas de escribir una calle en días fríos

Cuando te preguntan por teléfono el nombre de la calle, el receptor nunca entiende  a la primera: “Montequé”, Montegueldo”, “Morteruelo”…y así hasta el infinito.

En la fotografía se evidencia que, incluso, los vecinos del barrio no saben escribir correctamente el nombre de la avenida. Y esto es Madrid, nada que ver con el tópico y típico marco incomparable desde donde se  ve Donosti.

literatura, cine y vallecas

aún hay tiempo para llenar la calle de letras

aún hay tiempo para llenar la calle de letras

Vallecas todo cultura ha puesto en marcha la décima edición de la Calle del Libro, dedicada a la literatura y el cine.

 Aunque se inició el pasado día 20 aún tenemos tres días para disfrutar de esta iniciativa que acerca el papel a la calle. Colegios públicos, centros culturales y plazas se suman a las actividades que rinden, este año, homenaje al inmenso Gabriel Celaya.

Lejos de los focos mediáticos, pero cerca del ciudadano, la literatura sale a tu encuentro. Ocupa su espacio natural -la calle- y nos anima a compartir las palabras.

un narrador para el barrio

“Paulino Bardolet, corazón de oro, culo de cristal, era el cómplice y el confidente, el gordito llorón  que busca amparo, siempre cariñoso y cagueta, compañero incansable de musicales cacerías por el barranco y destinatario doliente y agradecido de los rabos de lagartija, pero el amigo secreto de la noche, el aliado de los sueños heroicos, el camarada que David no está dispuesto a compartir con nadie, es un piloto de la RAF cuyo nombre ignora y cuya más  que probable muerte, después de ser captada por el repotero gráfico junto a su Spitfire derribado, con su formidable cazadora de cuero, su foulard anudado al cuello y sus gafas rotas en la frente, David ha vivido cien veces”.  “Rabos de Lagartija”, Juan Marsé.

Por representarte a tí mismo y por tu literatura, tan cercana. Gracias, Marsé.