Kay busca cadáveres de peluche

El caso de los peluches asesinados había despertado el interés de una forense ilustre: Kay Scarpetta. Ya había estado en Europa cuando investigó el caso Carnicero; había viajado a Berlín por una serie de homicidios ocurridos en Irlanda diez años atrás. Aquella experiencia -con amputaciones, correos electrónicos malvados y mucho ambiente extraño– tuvo un final romántico frente a la estatua de Eros de Piccadilly en Londres. Esto era muy diferente. Y, probablemente, más desconcertante.

Ahora estaba en la avenida de Monte Igueldo, en el barrio madrileño de Puente de Vallecas, en el verano de 2012, atraída por la aparición de numerosos cadáveres de peluche en esta calle. Romanticismo, cero.

La historia era muy sencilla. Pero escalofriante. En los últimos dos años,  en la avenida mencionada y en sus alrededores los vecinos se encontraban con muñecos de peluches inertes,  algunos demediados, abandonados en la acera.

Little Boy -fotografía de la derecha- fue el primero. Después surgieron más casos inexplicables. Leones, marsupiales, artrópodos sin antenas e, incluso, el mismísimo Spiderman.

Este último hecho fue determinante. Su reaparición, después de muerto, encerrado en la ventana de una casa baja -a tres manzanas – disparó todas las alarmas.

Hasta el momento, la investigación estaba a cargo del inspector Monteigueldo. Su enjundia, saber hacer y estilo británico, habían permitido acotar una hipótesis criminal: los peluches cadáveres surgían en la avenida cuando llegaba el verano o el invierno, justo cuando los vecinos hacían limpieza general de sus viviendas, los niños crecían y era hora de “tirar cosas inútiles”

El factor Scarpetta

La aparición de Spiderman hizo necesario el cambio de estrategia.  Después de leer “La Granja de Cuerpos” donde los habitantes de Black Mountain vivieron una pesadilla similar a nuestra aventura, el inspector conectó por medio de Interpol -y otras fiestas de generosos gin-tonics- con nuestra forense favorita.

No fue difícil. Una amiga suya-una tal Patricia Cornwell- había ganado el año pasado el V Premio Internacional RBA de Novela Negra que se recibe en una imponente gala en Barcelona. Allí, había conocido -casi de soslayo- al inspector Monte Igueldo. Y ella fue el supuesto enlace para el encuentro vallecano.
Scarpetta no daba crédito a la historia. En su último caso, titulado “Niebla Roja”, la patóloga descifraba supersticiones, aclaraba crímenes de espanto y rompía las claves informáticas. Esto era distinto, irracional. La bestia acababa con la bestia.

Scarpetta no se anda con tonterías. Aquí había tomate y hay que saberse manejar en el avispero.

Para empezar, aplicó los imprescindibles métodos científicos sin recortes. Recopiló algunos de los peluches muertos y les realizó una autopsia.  Su base racional era predominante frente a su instinto de mujer pero algo, pese a todo, tenía “gato encerrado”.  Olía innecesariamente mal.

Descartada la influencia del departamento de Defensa estadounidense en el planteamiento, nudo y desenlace de la historia (Al fin y al cabo, España era uno de los alumnos aplicados en lo que dijera o mandara el Pentágono), sólo había dos respuestas.

La autopsia virtual, un procedimiento innovador para la ciencia forense, permitió a Kay dibujar un mapa ante la ausencia de la mayoría de los cadáveres de peluche. Tras analizar a Leónidas y Little Boy y, después de consultar, la nueva base de datos, la forense expuso algunas conjeturas.

El cordero era el principal animal de sacrificio en los ritos judíos y aparece en el Tanaj en numerosas ocasiones. Pero esta no era la pista.

Pese a la afición literaria de incluir salmos o citas de evangelios en las historia de Kay, nuestra heroína analizó la muestra disponibles y estableció una base científica.

Esto dejó escrito antes de volver a Massachusetts a otras obligaciones:

“Los ácaros son bichitos diminutos que viven el polvo doméstico. Se alimentan de las escamas que se desprenden de la piel de las personas. La alergia que producen está provocada por la proteína que se encuentra en sus excrementos que se multiplican durante sus 4 o 5 meses de vida.

Los peluches son colonias de ácaros. Pueden parecer simpáticos pero, muchos de ellos, se dedican a transportar estos animalitos y sirven de base habitable donde reproducirse.
Muchos niños con problemas respiratorios sufren la invasión peluche y viven en silencio su dolor.
Distintas paginas web semicientíficas aconsejan introducir el peluche en una bolsa con bicarbonato y meterlo en el congelador. Es una forma ingeniosa de matar ácaros. Es, también, una solución para reutilizar el peluche. Usted mismo. Ese no es mi problema.

Mi conclusión como detective de primera clase ante la aparición de los cadáveres es la siguiente:
La gente con un poco de sentido común tira los peluches a la basura cuando el niño/niña se aburren del muñeco. Además, si observan que los infantes no paran de estornudar, ha llegado el momento de decir adiós al simpático animal abrazable.

En este caso particular, hay algunos vecinos guarretes que, en vez de deshacerse de él vía municipal, lo dejan tirado en la calle a la buena de dios. Un delito de falta de civismo frente a un supuesto crimen premeditado.
En fín, me vuelvo a los Estados Unidos. La próxima vez, me pueden llamar para algo más serio. Fdo. Kay Scarpetta.

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2 responses to “Kay busca cadáveres de peluche”

  1. damanoir says :

    ¡¡¡¡¡Bueníiiiiisimo!!!!!

  2. CESAR says :

    HOLA ME INTERESA EL LEON DE PELUCHE QUE SALE EN UNA FOTO

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