ejército enemigo

Eran unas zapatillas blancas, bastantes nuevas, con un logo ilocalizable. Ni Nike ni Adidas ni Converse. No conozco muchas más firmas de calzado deportivo. Reebok. No era ninguna de ésas.

Colgaban de uno de los cables que cruza mi calle, gracias a los cordones, atados a los del par contrario. Imaginé la trayectoria de las zapatillas, emparejadas, ascendiendo desde la altura de las manos de un hombre hasta algo más arriba del cable, bajando luego con acierto (el tipo lo habría intentado más de una vez) sobre el tendido, doblándolo un momento, provocando el bamboleo del cable, hasta la inmovilidad final, como de perchero eléctrico.

Me irrité.

Me irrité y me cambie la bolsa del chino de mano. Pensé en tirar los cuadernos contra las zapatillas, allí en lo alto de mi cielo pisoteado, uno a uno, hasta derrocar el colgajo gamberro. Tenía cinco oportunidades. Tenía un solo motivo: las zapatillas en el cable me daban asco.

Desde hacía años, el centro de la ciudad se había llegado de esta suerte de propuesta artística. En numerosas calles, numerosos cables mostraban ese inopinado fruto zapatero. Algunas veces, se acumulaban los pares de zapatos y zapatillas, y el cable así ornado parecía un escaparate deconstruido, un expositor en el cielo, versión mutante del contenido que tras un cristal ofrecía la tienda de debajo, la tienda de un poco más allá, la tienda de la vuelta de la esquina. Eran zonas comerciales, modernas, juveniles, y todo en ellas confluía en la suave mezcla de un consumo festivo.

Nunca me indignó ningún cable con calzado en el centro de la ciudad, en los parterres del ocio. Había bares, chicas, turistas, cajas registradoras, borracheras perdonables. Había cantantes, escritores, actores, diseñadores, modelos y mucha gente que parecía modelo, escritor, diseñador, escritor, modelo. Todos eran personas con vidas en las que unas zapatillas colgadas de un cable resultan apropiadas. Todos eran sospechosos de haber suspendido aquel par cuando no miraban. Hasta hoy mismo me imaginé alguna vez descalzándome y donando al aire mis zapatos anodinos, vueltos de pronto pieza de museo, de revista urbana, de documental de tendencias.

Pero en mi barrio nunca había visto esa extraña conjunción de cobre y cuero y, parado allí, en mitad de mi calle, aquella colgadura sorprendente, con su casi inapreciable oscilación pendular, me resultaba sórdida y sucia, insultante.

Parecía una persona ahorcada.

– Hijos de puta- balbucí.

Alberto Olmos “Ejército enemigo”. Ed. Mondadori. Barcelona 2011

Incluimos un extracto de la última novela del escritor Alberto Olmos. Describe la estúpida y popular manía de colgar zapatillas de los cables de luz que cruzan calles. En este caso, las fotografías están tomadas en la avenida del Monte Igueldo, a la altura del número 84.

Anuncios

Etiquetas: , ,

2 responses to “ejército enemigo”

  1. paula says :

    Balbucí?

  2. monteigueldo says :

    Suena raro, muy raro, pero es cita literal del libro. Es verdad que me chocó y me fui a la web de la RAE. Allí comprobé que existe “balbucí“, en la declinación del verbo y me quedé tan pancho. Sin duda, hubiera usado otra posibilidad pero los autores son libres y los copistas, leales a la letra. Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: