Apuntes para unas elecciones europeas

Después de la lluvia, Europa no existe.

Es un campo desolado por la plata de América, una lágrima espesa de basura, un disgusto dado a un padre muerto, un donut sin agujero relleno de confitura inglesa.

Así amanece en la nueva Europa. Nadie lo sabe pero ha nacido. Los altos funcionarios especiales se muestran ausentes, la Convención pasó y observa desde las balaustradas barrocas, los santos patrones duermen en las iglesias, los nuevos negros esclavos rompen máscaras y cavan tumbas.

Demasiadas lenguas nos unen y pocas señales nos asisten. No hay palabras para contar las bajas pero los ríos están inundados de letras. El imperio de los codificadores y los satélites ahogaron las iniciativas más libres. Ausencias o palabras…descolgadas, dicen.

“Bruselas llamando”, como en su día Londres bajo las bombas o Madrid durante el asedio. Las ciudades repiten la historia y no vale que los anuncios por palabras nos avisen del peligro. Sarajevo, dijimos, nunca olvidaremos y la capital Bosnia se olvidó de nosotros.

Y no será por falta de comunicación. El servicio pastún de la BBC nos reclamaba; incluso una ópera en alemán mostraba en el tercer acto claros síntomas de agotamiento. Nada importaba, teníamos paraguas y canalizaciones y tuberías y alcantarillas y servicios privatizados de limpieza, derrumbe y arte.

Sociedades confiadas, bien alimentadas y lluviosas. Por no hablar de los habladores profesionales. Eran las estrellas de la Unión, el mundo en tus manos, una muestra más de una vida libre bajo el yugo y las flechas del mercado. Había periodistas como curry en la dieta británica.

Tantos vigilantes para quedarnos sin playa. Lo dijo Camus, padre de lo que podía haber sido otra Europa, con más sol y chicas guapas y, por supuesto, sin maquillaje.

Lo dijeron también nuestros padres y así aparecieron las putas banderas y las naciones y las patrias y así nos luce el pelo. Tantas fronteras y tantos calvos. Tanta gastronomía internacional para, después, degustar comida rápida.

Alguién dijo: “nos salva la cultura”. Y convertimos ciertas verdades en estadísticas y números y cuotas de pantalla. Bravo por la música, el karaoke y “God save el banco central europeo”. Entretanto, seguía lloviendo.

Vieja Europa, nueva Europa.  En Eurovisión ganó la ultraderecha francesa.

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